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nydus/The Case of Charles Dexter WardPublic
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IV. Una mutación y una locura

No era saludable saber tanto sobre la manera en que se le cayó la peluca al gordo alguacil al inclinarse durante la función en la Academia Histriónica del señor Douglass en King Street el once de febrero de 1762, que cayó en jueves; ni sobre cómo los actores mutilaron de tal modo el texto de Los amantes conscientes de Steele que casi uno se alegraba de que la legislatura, dominada por los bautistas, clausurara el teatro quince semanas más tarde.

Que el carruaje de Boston de Thomas Sabin era «malditamente incómodo» bien podían haberlo contado las viejas cartas; pero ¿qué antiquario sano podía recordar cómo el crujir del nuevo letrero de Epenetus Olney (la vistosa Corona que instaló tras empezar a llamar a su taberna la Posada del Café de la Corona) era exactamente igual a las primeras notas de la nueva pieza de jazz que todas las radios de Pawtuxet tocaban?

Ward, sin embargo, no quiso someterse por mucho tiempo a un interrogatorio de ese calibre. Los temas modernos y personales los descartó con total brevedad, mientras que respecto a los asuntos antiguos no tardó en mostrar el más evidente aburrimiento. Lo que deseaba con absoluta claridad era complacer lo justo a su visitante para lograr que se marchara sin la intención de volver. Con este fin, le ofreció a Willett mostrarle la casa entera y procedió de inmediato a guiar al doctor por cada habitación, desde el sótano hasta el desván. Willett observó con agudeza, pero advirtió que los libros visibles eran demasiado escasos y triviales como para haber llenado jamás los amplios huecos de los estantes de Ward en su hogar, y que el escaso autodenominado «laboratorio» era la pantalla más endeble. Era evidente

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