Tanto a Willett como a él les alegraba que esta fase del asunto estuviera tomando forma, pues fuera cual fuese el origen del extraño mensaje diminuto, parecía seguro que el «Curwen» que debía ser destruido no podía ser otro que el forastero con barba y gafas. Charles había temido a este hombre, y había dicho en la nota frenética que debía ser asesinado y disuelto en ácido. Allen, además, había estado recibiendo cartas de los extraños hechiceros en Europa bajo el nombre de Curwen, y visiblemente se consideraba a sí mismo como una encarnación del nigromante de antaño. Y ahora, procedente de una fuente nueva y desconocida, había llegado un mensaje que decía que «Curwen» debía ser asesinado y disuelto en ácido. El vínculo era demasiado inequívoco como para ser ficticio; y además, ¿no estaba acaso Allen planeando asesinar al joven Ward siguiendo el consejo de la criatura llamada Hutchinson? Por supuesto, la carta que habían visto nunca había llegado al forastero con barba; pero por su texto podían ver que Allen ya había trazado planes para lidiar con el joven si este se volvía demasiado «esrupuloso». Sin duda, Allen debía ser detenido; y aun si no se llevaban a cabo las directrices más drásticas, debía ser colocado en un lugar donde no pudiera hacerle ningún daño a Charles Ward.
Aquella tarde, abrigo de la más remota esperanza de extraer algún rayo de información sobre los misterios más arcanos de labios del único disponible capaz de proporcionarla, el padre y el doctor bajaron por la bahía y visitaron al joven Charles en el hospital.
Sencilla y gravemente, Willett le contó todo lo que había descubierto, y advirtió cuán pálido se ponía a medida que cada descripción confirmaba la verdad del hallazgo. El médico recurrió a todo el efectismo dramático que pudo y aguardó a que Charles se encogiera al abordar el asunto de las fosas cubiertas y los híbridos sin nombre que había en su interior. Pero Ward no se encogió.