Cruzando hasta donde había dejado el día antes su bolsa de herramientas aún sin usar, cogió un cincel y empezó a levantar los tozudos tablones uno por uno. Debajo aún se veía el hormigón liso, pero ya no quedaba ni rastro de abertura o perforación. Esta vez no se abrió nada bajo sus pies que pudiera revolver el estómago al desconcertado padre que había seguido al médico escaleras abajo; solo el suave hormigón bajo los tablones —ningún pozo pestilente, ningún mundo de horrores subterráneos, ninguna biblioteca secreta, ningún documento de Curwen, ningún foso de pesadilla lleno de hedor y alaridos, ningún laboratorio, ni estantes, ni fórmulas cinceladas, ningún...—
El Dr. Willett enmudeció y se aferró al brazo del joven. > «Ayer —preguntó en voz baja—, ¿lo vio aquí… y lo olió?». Y cuando el señor Ward, paralizado él mismo por el pánico y el asombro, halló fuerzas para asentir con la cabeza, el médico dejó escapar un sonido que era