Pero al ver lo que representaban, se apartó estremecido y no se detuvo a investigar las manchas oscuras que descolorían la superficie superior y se habían extendido por los costados en ocasionales líneas finas. En su lugar, halló el muro distante y lo siguió mientras describía una curva en un círculo gigantesco, perforado por ocasionales puertas negras y surcado por una miríada de celdas poco profundas con rejas de hierro y grilletes para muñecas y tobillos unidos a cadenas sujetas a la mampostería cóncava del fondo. Estas celdas estaban vacías, pero aun así el olor horrible y el lúgubre lamento continuaban, ahora más insistentes que nunca, y al parecer variados a veces por una especie de golpeteo resbaladizo.
De aquel espantoso olor y aquel ruido inquietante la atención de Willett ya no pudo ser desviada. Ambos eran más claros y horribles en la gran sala porticada que en cualquier otro lugar, y transmitían la vaga impresión de encontrarse muy abajo, incluso en este oscuro mundo inferior de misterio subterráneo. Antes de probar en alguno de los arcos negros en busca de escalones que condujeran más abajo, el doctor dirigió el haz de su linterna hacia el suelo de losas de piedra. Estaba muy mal pavimentado, y a intervalos irregulares aparecía alguna losa curiosamente perforada por pequeños agujeros sin un orden definido, mientras que en un punto yacía una escalera muy larga tirada descuidadamente. A esta escalera, cosa singular, parecía adherirse una cantidad particularmente grande del espantoso hedor que lo envolvía todo. Mientras caminaba despacio por los alrededores, a Willett se le ocurrió de repente que tanto el ruido como el olor parecían más intensos justo encima de las losas extrañamente perforadas, como si pudieran ser trampillas rudimentarias que conducían a alguna región de horror aún más profunda.