sobresalto de reconocimiento al tropezar con el par de fórmulas que aparecían tan frecuentemente en las notas recientes de la biblioteca. Eran, grosso modo, las mismas; con los antiguos símbolos de la «Cabeza de Dragón» y la «Cola de Dragón» encabezándolas como en los garabatos de Ward. Pero la grafía diferia bastante de la de las versiones modernas, como si el viejo Curwen hubiera tenido una forma diferente de registrar los sonidos, o como si un estudio posterior hubiera desarrollado variantes más potentes y perfeccionadas de las invocaciones en cuestión. El doctor intentó conciliar la versión cincelada con la que aún rondaba persistentemente por su cabeza, y le resultó difícil hacerlo. Donde el escrito que había memorizado comenzaba con « Y’ai ’Ng’ngah, Yog-Sothoth », este epígrafe arrancaba como « Aye, cngengah, Yogge-Sothotha »; lo cual, a su juicio, interferiría gravemente con la silabificación de la segunda palabra.
Impreso como estaba el texto posterior en su conciencia, la discrepancia lo perturbó; y se vio a sí mismo canturreando en voz alta la primera de las fórmulas en un esfuerzo por conciliar el sonido que concebía con las letras que encontraba talladas.
¡Extraña y amenazadora resonó su voz en aquel abismo de blasfemia ancestral!, con sus acentos afinados en un canto monótono y zumbón, ya fuera por el hechizo del pasado y lo desconocido, o por el ejemplo infernal de aquel lamento apagado y sin dios proveniente de los abismos, cuyas cadencias inhumanas subían y bajaban rítmicamente en la distancia a través del hedor y la oscuridad.
“Yʻai ʻNgʻngah Yog-Sothoth Hʻee
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Lʻgeb Fʻaiʻ Throdog Uaah!