¿Qué conciencia o voz infernal, qué sombra o presencia morbosa había venido a responder a los ritos secretos de Charles Ward tras aquella puerta cerrada? Aquellas voces captadas en plena discusión («hay que tenerla roja durante tres meses») ¡Buen Dios! ¿No fue eso justo antes de que estallara el vampirismo? El saqueo de la tumba milenaria de Ezra Weeden y los gritos posteriores en Pawtuxet: ¿de quién era la mente que había planeado la venganza y redescubierto el evitado asiento de las antiguas blasfemias? Y luego el bungaló y el extraño barbudo, y los chismes, y el miedo. La locura definitiva de Charles no podían explicarla ni el padre ni el médico, pero sí estaban seguros de que la mente de Joseph Curwen había regresado a la tierra y estaba prosiguiendo con sus antiguas morbosidades. ¿Era la posesión demoníaca una posibilidad real? Allen tenía algo que ver con aquello, y los detectives debían averiguar más sobre alguien cuya existencia amenazaba la vida del joven. Entre tanto, dado que la existencia de una vasta cripta bajo el bungaló parecía prácticamente indiscutible, había que hacer un esfuerzo por encontrarla. Willett y el señor Ward, conscientes de la actitud escéptica de los alienistas, decidieron en su conferencia final emprender una exploración secreta conjunta de minuciosidad sin par; y acordaron reunirse en el bungaló a la mañana siguiente con maletas y con ciertas herramientas y accesorios adecuados para la búsqueda arquitectónica y la exploración subterránea.
La mañana del seis de abril amaneció despejada, y ambos exploradores se encontraban en el bungaló a las diez. El señor Ward tenía la llave, de modo que entraron y realizaron un reconocimiento superficial. Por el estado desordenado de la habitación del doctor Allen, era evidente que los detectives ya habían estado allí, y los posteriores investigadores confiaban en que hubieran hallado alguna pista que resultara valiosa. Por supuesto, el asunto principal se hallaba en el sótano; así pues, bajaron allí sin demora, recorriendo de nuevo el perímetro que cada uno había