Una vez encontró grandes paquetes de cartas con matasellos de Praga y Rakus, y de una caligrafía claramente reconocible como la de Orne y la de Hutchinson; todo lo cual se llevó consigo como parte del bulto que debía extraer en su maleta.
Por fin, en un armario de caoba con cerradura que en otro tiempo había adornado la casa de los Ward, Willett encontró el lote de los viejos papeles de Curwen, reconociéndolos por el reacio vistazo que Charles le había concedido hacía tantos años.
Evidentemente, el joven los había conservado juntos casi tal y como estaban cuando los encontró por primera vez, ya que se encontraban todos los títulos recordados por los obreros, excepto los documentos dirigidos a Orne y Hutchinson, y el cifrado con su clave. Willett metió todo el lote en su maleta y continuó examinando los archivos.
Dado que la condición inmediata del joven Ward era lo que estaba más en juego, la búsqueda más exhaustiva se realizó entre los materiales más obviamente recientes; y en esta abundancia de manuscritos contemporáneos se advirtió una rareza de lo más desconcertante. Dicha rareza consistía en la escasa cantidad de escritos con la caligrafía normal de Charles, que de hecho no incluía nada posterior a dos meses antes.
Por otro lado, había literalmente rejas y rejas de símbolos y fórmulas, notas históricas y comentarios filosóficos, en una letra apretada y difícil absolutamente idéntica a la antigua escritura de Joseph Curwen, aunque de fecha innegablemente moderna. Claramente, una parte del programa de los últimos tiempos había sido una imitación esmerada de la escritura del viejo mago, la cual Charles parecía haber llevado a un estado maravilloso de perfección.
De una tercera mano que pudiera haber sido la de Allen no había ni rastro. Si en verdad había llegado a convertirse en el líder, debió de haber obligado a joven Ward a actuar como su amanuense.