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nydus/The Case of Charles Dexter WardPublic
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IV. Una mutación y una locura

esa región. El Dr. Willett obtuvo la mayor parte de los rumores porque la gente le hablaba con más franqueza que al padre del protagonista, y por todo lo que oyó pudo deducir que la vida del joven Ward se había vuelto en verdad extraña. Las lenguas populares no querían desvincular su hogar del vampirismo del verano anterior, mientras que las idas y venidas nocturnas de los camiones aportaban su propia cuota de oscuras especulaciones. Los comerciantes locales hablaban de lo extraños que eran los encargados que les traía el mulato de aspecto malvado, y en particular de las cantidades desmedidas de carne y sangre fresca obtenidas en las dos carnicerías del vecindario inmediato. Para un hogar de solo tres personas, estas cantidades resultaban de todo punto absurdas.

Luego estaba el asunto de los sonidos bajo tierra. Los informes sobre estas cosas eran más difíciles de precisar, pero todas las pistas vagas coincidían en ciertos aspectos esenciales básicos. Existían positivamente ruidos de naturaleza ritual, y en momentos en que el bungaló estaba a oscuras. Podrían, desde luego, haber venido de la bodega conocida; pero los rumores insistían en que había criptas más profundas y extensas. Recordando los antiguos relatos de las catacumbas de Joseph Curwen, y dando por sentado que el bungaló actual había sido elegido debido a su ubicación en el antiguo solar de Curwen, tal como se revelaba en uno u otro de los documentos hallados tras el cuadro, Willett y el señor Ward prestaron mucha atención a esta fase de los chismes; y buscaron muchas veces sin éxito la puerta en la orilla del río que mencionaban los viejos manuscritos. En cuanto a las opiniones populares sobre los diversos habitantes del bungaló, pronto quedó claro que el portugués de Cabo Verde era aborrecido, que el doctor Allen, con barba y gafas, inspiraba temor, y que el pálido joven erudito desagradaba hasta un grado profundo. Durante las últimas una o dos semanas, Ward había cambiado notablemente, abandonando sus intentos de afabilidad y hablando solo en susurros roncos pero extrañamente repelentes en las pocas ocasiones en que se aventuraba a salir.

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