Al pagarle a la impasible Brava, quien se resistía a todo interrogatorio por parte de los visitantes, y al cerrar el bungaló que todavía parecía albergar secretos tan oscuros, Ward no mostró señales de nerviosismo, salvo una tendencia apenas perceptible a detenerse como si escuchara algo muy tenue.
Aparentemente estaba animado por una resignación serena y filosófica, como si su traslado fuera el más transitorio de los incidentes que causaría los menores problemas si se facilitaba y se resolvía de una vez por todas.
Era evidente que confiaba en su agudeza mental, obviamente intacta y absoluta, para superar todos los enredos a los que lo habían llevado su memoria distorsionada, su pérdida de voz y de caligrafía, y su comportamiento secreto y excéntrico.
Se acordó que a su madre no se le diría nada sobre el cambio; su padre suministraría notas mecanografiadas en su nombre.
Ward fue conducido al hospital privado, situado de forma apacible y pintoresca y dirigido por el doctor Waite en la isla Conanicut, en la bahía, y fue sometido a la más estricta observación e interrogatorio por parte de todos los médicos vinculados al caso. Fue entonces cuando se advirtieron las rarezas físicas; el metabolismo ralentizado, la piel alterada y las reacciones neurológicas desproporcionadas. El doctor Willett era el más perturbado de los distintos examinadores, pues había atendido a Ward toda su vida y