Hermes Trismegistus en la edición de Mesnard, la Turba Philosophorum, el Liber Investigationis de Geber y la Llave de la Sabiduría de Artefio estaban allí; con el Zohar cabalístico, la colección de Alberto Magno de Peter Jammy, el Ars Magna et Ultima de Raimundo Lulio en la edición de Zetzner, el Thesaurus Chemicus de Roger Bacon, la Clavis Alchimiae de Fludd y el De Lapide Philosophico de Tritemio apiñados a su alrededor. Los judíos y árabes medievales estaban representados en profusión, y el señor Merritt se puso pálido cuando, al retirar un hermoso volumen ostentosamente etiquetado como el Qunoon-e-Islam, descubrió que en realidad era el prohibido Necronomicón del árabe loco Abdul Al-hazred, de cuyas monstruosidades había oído susurrar cosas espantosas unos años antes, tras el descubrimiento de innombrables ritos en el extraño y pequeño pueblo pesquero de Kingsport, en la Provincia de la Bahía de Massachusetts.
Pero el digno caballero se confesaba de lo más imperceptiblemente inquietado por un mero detalle menor. Sobre la enorme mesa de caoba yacía boca abajo un ejemplar muy gastado de Borellus, que ostentaba numerosas anotaciones marginales e interlineales crípticas de puño y letra de Curwen.
El libro estaba abierto más o menos por la mitad, y un párrafo mostraba unos trazos de pluma tan gruesos y temblorosos bajo las líneas de místicas letras góticas que el visitante no pudo resistir la tentación de leerlo. Lo recordó hasta el final de sus días, transcribiéndolo de memoria en su diario e intentando recitárselo una vez a su íntimo amigo el doctor Checkley, hasta que vio cuánto turbaba aquello a aquel mundano rector. Decía así:
Las Sales esenciales de los Animales pueden ser tan preparadas y preservadas, que un Hombre ingenioso puede tener el Arca de Noé entera en su propio Estudio, y resucitar la bella Forma de un Animal de entre sus