todo el largo mes transcurrido desde que los médicos se lo habían llevado, y que claramente era solo una de un vasto número confinadas en los pozos emparentados cuyas cubiertas de piedra perforada tachonaban tan densamente el suelo de la gran caverna abovedada. Fuera lo que fuesen aquellas cosas, no podían tumbarse en sus espacios angostos; sino que debían de haber estado acurrucadas, gimiendo, esperando y dando débiles saltos durante todas aquellas espantosas semanas desde que su amo las había abandonado sin prestarles atención.
Pero Marinus Bicknell Willett lamentó haber vuelto a mirar; pues por mucho que fuera cirujano y veterano de la sala de disección, no ha vuelto a ser el mismo desde entonces.
Es difícil explicar exactamente cómo la sola visión de un objeto tangible de dimensiones mensurables pudo sacudir y cambiar de tal modo a un hombre; y solo podemos decir que en ciertos contornos y entidades reside un poder de simbolismo y sugestión que actúa de forma espantosa en la perspectiva de un pensador sensible y susurra terribles indicios de oscuras relaciones cósmicas y realidades innombrables tras las ilusiones protectoras de la visión común.
En esa segunda mirada, Willett vio tal silueta o entidad, pues durante los instantes siguientes estuvo indudablemente tan rematadamente loco como cualquier paciente del hospital privado del doctor Waite. Dejó caer la linterna eléctrica de una mano desprovista de fuerza muscular o coordinación nerviosa, ni prestó atención al sonido de dientes triturándose que anunciaba su sino en el fondo del pozo. Gritó, gritó y gritó con una voz cuyo pánico en falsete ninguno de sus conocidos habría reconocido jamás, y aunque no pudo ponerse en pie, gateó y rodó desesperadamente sobre el pavimento húmedo donde