Esto llevaba dos horas sucediendo sin cambio ni interrupción cuando en todo el vecindario se desató un aullido pandemoníaco de perros. La magnitud de este aullido puede juzgarse por el espacio que ocupó en los periódicos al día siguiente, pero para quienes estaban en la casa de los Ward quedó ensombrecido por el hedor que lo siguió al instante; un hedor espantoso y omnipresente que ninguno de ellos había olido antes ni ha vuelto a oler jamás.
En medio de aquel torrente mefítico se produjo un destello muy perceptible, semejante al de un relámpago, que habría sido deslumbrante e impresionante a no ser por la luz del día circundante; y entonces se oyó la voz que ningún oyente puede olvidar jamás debido a su lejanía atronadora, su profundidad increíble y su fantasmagórica disimilitud con la voz de Charles Ward.
Hizo temblar la casa, y fue claramente escuchada por al menos dos vecinos por encima de los aullidos de los perros.
La señora Ward, que había estado escuchando desesperada tras el laboratorio cerrado con llave de su hijo, se estremeció al reconocer su significado infernal; pues Charles le había hablado de su maléfica fama en libros oscuros y de cómo había tronado, según las cartas de Fenner, sobre la condenada granja de Pawtuxet la noche de la aniquilación de Joseph Curwen.
No había posibilidad de equivocarse ante aquella frase de pesadilla, pues Charles la había descrito con demasiada viveza en los viejos tiempos, cuando hablaba abiertamente de sus investigaciones sobre Curwen. Y, sin embargo, no era más que este fragmento de un idioma arcaico y olvidado:
“ Dies Mies Jeschet Boene Doesef Douvema Enitemaus .”
Poco después de este estruendo se produjo un repentino oscurecimiento de la luz del día, a pesar de que aún faltaba una hora para la puesta de sol,