También sin ayuda, el doctor Willett y el señor Ward levantaron al joven abatido y lo colocaron en el diván. Al volver en sí, el paciente balbució muchas veces acerca de cierta palabra que debía hacer llegar a Orne y Hutchinson de inmediato; de modo que, cuando su conciencia pareció haber regresado por completo, el médico le dijo que de aquellas extrañas criaturas al menos una era su acérrima enemiga y le había dado al doctor Allen consejos para su asesinato. Esta revelación no produjo ningún efecto visible, y antes de que fuera hecha los visitantes pudieron ver que su anfitrión ya tenía el aspecto de un hombre acorralado. Después de eso no quiso conversar más, así que Willett y el padre se marcharon poco después, dejando tras de sí una advertencia contra el barbudo Allen, a lo que el joven solo respondió que de ese individuo se cuidaba con total seguridad y que no podría hacerle daño a nadie aunque lo deseara.
Esto se dijo con una risita casi malvada, muy dolorosa de escuchar.
No les preocupaba ninguna comunicación que Charles pudiera escribir a esa pareja monstruosa en Europa, ya que sabían que las autoridades del hospital confiscaban todo el correo saliente para censurarlo y no dejarían pasar ninguna misiva descabellada o de aspecto estrafalario.
Existe, sin embargo, una curiosa secuela en el asunto de Orne y Hutchinson, si es que tales eran en verdad los magos exiliados. Movido por algún vago presentimiento en medio de los horrores de aquel período, Willett contrató a una agencia internacional de prensa para que le enviara recortes sobre crímenes y accidentes actuales de relevancia en Praga y en el este de Transilvania; y al cabo de seis meses creyó haber encontrado dos indicios muy significativos entre los múltiples artículos que recibió y mandó traducir.