A finales de diciembre de 1770, un grupo de ciudadanos eminentes se reunió en la casa de Stephen Hopkins y debatió medidas provisionales.
Las notas de Weeden, que este había entregado al capitán Mathewson, se leyeron detenidamente; y tanto él como Smith fueron convocados a declarar sobre los detalles. Algo muy parecido al miedo se apoderó de toda la asamblea antes de que terminara la reunión, aunque por entre ese miedo discurría una sombría determinación que la rotunda y resonante grosería del capitán Whipple expresaba a la perfección.
No avisarían al Gobernador, porque parecía necesario seguir un método más drástico que el legal. Con poderes ocultos de dudoso alcance aparentemente a su disposición, Curwen no era un hombre al que se le pudiera advertir con seguridad que abandonara la ciudad. Había que pillarle por sorpresa en su granja de Pawtuxet mediante un gran grupo de asalto compuesto por corsarios veteranos y darle una sola oportunidad definitiva para explicarse.
- Si demostraba ser un loco que se entretenía con gritos y conversaciones imaginarias en distintas voces, sería debidamente recluido.
- Si se revelaba algo más grave, y si los horrores subterráneos resultaban ser ciertos, tanto él como todos los que estaban con él debían morir.
Podía hacerse en silencio, y ni siquiera a la viuda y a su padre hacía falta contarles cómo había sucedido.
Mientras se discutían estas graves medidas, ocurrió en el pueblo un incidente tan terrible e inexplicable que durante un tiempo apenas se habló de otra cosa en un radio de muchas millas.