había hecho amistades de la mejor clase, cuya compañía y conversación era muy apto para disfrutar debido a su educación.
Se sabía que su cuna era noble, puesto que los Curwen o Carwens de Salem no necesitaban presentación en Nueva Inglaterra. Salió a la luz que Joseph Curwen había viajado mucho en su más temprana juventud, residiendo durante un tiempo en Inglaterra y realizando al menos dos viajes al Oriente; y su habla, cuando se dignaba a utilizarla, era la de un inglés culto y refinado. En su porte parecía latir una arrogancia críptica y sardónica, como si hubiera llegado a encontrar aburridos a todos los seres humanos por haberse movido entre entidades más extrañas y poderosas.
En 1746, el señor John Merritt, un anciano caballero inglés con inclinaciones literarias y científicas, vino desde Newport al pueblo que tan rápidamente lo estaba superando en importancia, y construyó una hermosa finca campestre en el Neck, en lo que hoy es el corazón de la mejor zona residencial, donde vivió con considerable estilo y comodidad.
Al enterarse de que Curwen poseía la mejor biblioteca de Providence, el señor Merritt no tardó en hacerle una visita, y fue recibido con más cordialidad que la mayoría de los demás visitantes que habían pasado por la casa. Curwen le sugirió una visita a la granja y al laboratorio adonde nunca antes había invitado a nadie, y ambos se dirigieron allí de inmediato en el carruaje del señor Merritt.
El señor Merritt sostenía que los títulos de los libros de la biblioteca especial sobre temas taumatúrgicos, alquímicos y teológicos que Curwen guardaba en una habitación del frente bastaban por sí solos para inspirarle una repulsión duradera. Esta extraña colección, además de una multitud de obras clásicas que al señor Merritt no le daban tanto miedo como para no envidiarlas, abarcaba a casi todos los cabalistas, demonólogos y magos conocidos por la humanidad, y era un tesoro de conocimientos en los dudosos reinos de la alquimia y la astrología.