En otro momento se puso a rellenar apresuradamente las lámparas apagadas con un suministro de aceite que había visto antes, y cuando la habitación volvió a estar iluminada miró alrededor para ver si encontraba un linterna para seguir explorando.
Pues, aunque estaba devorado por el horror, su sentido de sombrío propósito seguía predominando, y estaba firmemente decidido a no dejar piedra sin mover en su búsqueda de los espantosos hechos que se ocultaban tras la extraña locura de Charles Ward.
Al no hallar una linterna, escogió la más pequeña de las lámparas para llevarla consigo; llenó también sus bolsillos de velas y cerillas, y se llevó una lata de un galón de aceite que planeaba conservar como reserva en cualquier laboratorio oculto que pudiera descubrir más allá del terrible espacio abierto con su altar impuro y sus pozos tapados sin nombre.
Atravesar ese espacio de nuevo exigiría su mayor fortaleza, pero sabía que tenía que hacerlo. Por fortuna, ni el espantoso altar ni el pozo abierto estaban cerca de la vasta pared con celdas que limitaba la zona de la caverna, y cuyos oscuros y misteriosos arcos constituirían las siguientes metas de una búsqueda lógica.
Así pues, Willett regresó a aquel gran salón columnario de hedor y aullidos de angustia; bajando la intensidad de su lámpara para evitar cualquier atisbo lejano del altar infernal, o del pozo descubierto con la losa de piedra perforada al lado. La mayoría de las puertas negras conducían meramente a pequeñas cámaras, algunas vacías y otras evidentemente utilizadas como trasteros; y en varias de estas últimas vio acumulaciones muy curiosas de diversos objetos.