Una pesadilla y un cataclismo
Y entonces siguió rápidamente aquella espantosa experiencia que ha dejado su indeleble marca de miedo en el alma de Marinus Bicknell Willett, y ha añadido una década a la edad visible de alguien cuya juventud ya quedaba entonces muy atrás. El doctor Willett había conferenciado largamente con el señor Ward, y había llegado a un acuerdo con él sobre varios puntos que ambos sentían que los alienistas ridiculizarían. Había, concedían, un terrible movimiento vivo en el mundo, cuya conexión directa con una nigromancia incluso más antigua que la brujería de Salem no podía dudarse. Que al menos dos hombres vivos —y otro más en el que no osaban pensar— estaban en absoluta posesión de mentes o personalidades que habían funcionado ya en 1690 o antes estaba asimismo casi inexpugnablemente probado aun ante todas las leyes naturales conocidas. Lo que estas horribles criaturas —y Charles Ward también— estaban haciendo o intentando hacer parecía bastante claro a partir de sus cartas y de cada ápice de luz, tanto antigua como nueva, que se había filtrado sobre el caso. Estaban saqueando las tumbas de todas las eras, incluidas las de los hombres más sabios y grandes del mundo, con la esperanza de recuperar de las cenizas pretéritas algún vestigio de la conciencia y el saber que una vez las habían animado e informado.
Un tráfico espantoso se llevaba a cabo entre aquellos guls de pesadilla, mediante el cual se comerciaba con huesos ilustres con la serena sangre fría de unos escolares que cambian libros; y de lo que se extorsionaba a este polvo secular se anticipaba un poder y una sabiduría superiores a todo lo que el cosmos hubiera visto jamás concentrado en un solo hombre o grupo.