“Te quitaste la barba y las gafas y engañaste a los guardias de la casa. Creyeron que era él quien entraba, y creyeron que era él quien salía cuando ya lo habías estrangulado y escondido. Pero no habías contado con los diferentes contactos de dos mentes. Fuiste un tonto, Curwen, al imaginar que una mera identidad visual bastaría. ¿Por qué no pensaste en el habla, en la voz y en la letra? No ha funcionado, ya ves, después de todo.
Tú sabes mejor que yo quién o qué escribió ese mensaje en minúsculas, pero te advierto que no fue escrito en vano. Hay abominaciones y blasfemias que deben ser erradicadas, y creo que el autor de esas palabras se encargará de Orne y Hutchinson. Una de esas criaturas te escribió una vez: «No invoques a nada que no puedas controlar». Curwen, un hombre no puede jugar con la naturaleza más allá de ciertos límites, y cada horror que has tejido se alzará para aniquilarte”.
Pero aquí el doctor fue interrumpido por un grito convulsivo de la criatura ante él. Sin esperanza de