Para Charles Ward resultó evidente de inmediato que en efecto había descubierto a un tatarabuelo hasta entonces desconocido.
Habiendo descubierto su propio parentesco con este personaje aparentemente «silenciado», procedió al punto a buscar de la manera más sistemática posible todo lo que pudiera hallar acerca de él. En esta enardecida búsqueda acabó por triunfar más allá de sus más altas expectativas, pues viejas cartas, diarios y fajos de memorias inéditas en desvanes de Providence cubiertos de telarañas y en otros lugares arrojaron muchos pasajes reveladores que sus autores no habían considerado dignos de destruir.
Una importante revelación lateral provino de un lugar tan remoto como Nueva York, donde cierta correspondencia colonial de Rhode Island se guardaba en el Museo de la Taberna de Fraunces.
Lo verdaderamente crucial, sin embargo, y lo que en opinión del doctor Willett constituyó la causa definitiva de la ruina de Ward, fue el material hallado en agosto de 1919 tras los paneles de la casa en ruinas de Olney Court. Fue eso, sin lugar a dudas, lo que abrió aquellas negras perspectivas cuyo final era más profundo que el abismo.