“Ogthrod Aiʻf Gebʻl ⸻ Eeʻh Yog-Sothoth ʻNgahʻng Aiʻy Zhro”
Al primerísima palabra salida de la boca de Willett, la fórmula del paciente que había comenzado poco antes se detuvo en seco. Incapaz de hablar, el monstruo hizo gestos violentos con los brazos hasta que estos también quedaron inmovilizados. Cuando se pronunció el terrible nombre de Yog-Sothoth, el espantoso cambio comenzó. No se trataba meramente de una disolución, sino más bien de una transformación o recapitulación; y Willett cerró los ojos para no desmayarse antes de que pudiera pronunciarse el resto de la encantación.
Pero no se desmayó, y aquel hombre de siglos impíos y secretos prohibidos jamás volvió a turbar al mundo. La locura extemporánea se había disipado, y el caso de Charles Dexter Ward estaba cerrado.
Al abrir los ojos antes de salir tambaleándose de aquel aposento de horror, el doctor Willett comprobó que lo que había guardado en la memoria no había sido en vano. Tal como había predicho, no había habido necesidad de ácidos. Pues, al igual que su maldito cuadro un año antes, Joseph Curwen yacía ahora esparcido por el suelo convertido en una fina capa de polvo gris azulado.