una calidad evocadora y esquiva que parecía tener el poder de inducir imágenes fantásticas. La gente que los olía tendía a vislumbrar espejismos momentáneos de enormes panoramas, con extrañas colinas o interminables avenidas de esfinges e hipogrifos que se extendían hacia una distancia infinita. Su aspecto más maduro incrementaba en un grado sorprendente su parecido con el retrato de Curwen que había en su biblioteca; y el doctor Willett solía detenerse ante este último tras una visita, maravillado ante la identidad virtual, y reflexionando que solo el pequeño hoyo situado sobre el ojo derecho del cuadro quedaba ya para diferenciar al brujo fallecido hacía tanto tiempo del joven vivo. Frecuentemente observaba cosas peculiares a su alrededor; pequeñas imágenes de cera de diseño grotesco sobre las estanterías o las mesas, y los restos medio borrados de círculos, triángulos y pentagramas de tiza o carbón en el espacio central despejado de la gran habitación. Y siempre por la noche aquellos ritmos y encantamientos tronaban, hasta que se volvió muy difícil retener a los sirvientes o reprimir los comentarios furtivos sobre la locura de Charles.
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III. Una búsqueda y una evocación
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