Una vez, sus dedos temblorosos tocaron algo que supo debían ser los peldaños que conducían al altar infernal, y de aquel lugar retrocedió con repulsión.
En otra ocasión tropezó con la losa perforada que había retirado, y en ese punto su cautela se volvió casi lastimosa. Pero no dio con la temible abertura después de todo, ni nada emergió de dicha abertura para detenerlo. Lo que había estado allí abajo no emitía sonido ni movimiento. Evidentemente, su masticación de la linterna eléctrica caída no le había sentado bien.
Cada vez que los dedos de Willett palpaban una losa perforada, temblaba. Su paso sobre ella a veces aumentaba los quejidos de abajo, pero por lo general no producía ningún efecto, ya que avanzaba de forma muy silenciosa.
Varias veces durante su avance el fulgor de adelante disminuyó de manera perceptible, y comprendió que las diversas velas y lámparas que había dejado debían estar consumiéndose una a una. La idea de perderse en la más absoluta oscuridad sin cerillas en medio de este mundo subterráneo de laberintos de pesadilla lo impulsó a ponerse de pie y correr, algo que ya podía hacer con seguridad tras haber rebasado el foso abierto; pues sabía que, una vez que la luz se apagara, su única esperanza de rescate y supervivencia radicaría en el grupo de auxilio que el señor Ward pudiera enviar tras echarlo en falta durante un tiempo prudencial.
Pronto, sin embargo, salió del espacio abierto hacia el pasillo más estrecho y localizó con certeza el resplandor proveniente de una puerta a su derecha.
En un momento la había alcanzado y se encontraba una vez más en la biblioteca secreta del joven Ward, temblando de alivio y observando los chisporroteos de aquella última lámpara que lo había puesto a salvo.