Se volvió a oír una apagada fusilería, seguida de un grito profundo, menos penetrante pero aún más horrible que los anteriores; una especie de tos o gorgoreo gutural y desagradablemente plástico, cuya cualidad de grito debía de provenir más de su continuidad y su carga psicológica que de su valor acústico real.
Entonces la cosa llameante irrumpió a la vista en un punto donde debiera encontrarse la granja de Curwen, y se oyeron gritos humanos de hombres desesperados y asustados. Los mosquetes relampaguearon y tronaron, y la cosa llameante cayó al suelo.
Una segunda cosa llameante apareció, y se distinguió claramente un alarido de origen humano. Fenner escribió que incluso pudo captar algunas palabras exhaladas con frenesí:
«¡Todopoderoso, protege a tu corderito!»
Luego hubo más disparos, y la segunda cosa llameante cayó.
Tras aquello reinó el silencio durante una hora poco más o menos; al cabo de la cual el pequeño Arthur Fenner, hermano de Luke, exclamó que veía «una niebla roja» que ascendía hacia las estrellas desde la maldita granja en la distancia. Nadie salvo el niño puede dar fe de esto, pero Luke admite la significativa coincidencia que implica el pánico de un miedo casi convulsivo que en ese mismo instante arqueó el lomo y erizó el pelaje de los tres gatos que entonces se hallaban en la habitación.
Cinco minutos después sopló un viento helado, y el aire se impregnó de un hedor tan intolerable que solo la intensa frescura del mar pudo evitar que fuera notado por el grupo de la costa o por cualquier alma desvelada en la aldea de Pawtuxet.