No era, por supuesto, una novedad que Charles mascullara fórmulas; pero este mascuyo era definitivamente diferente. Era de manera tan palpable un diálogo, o la imitación de un diálogo, con la regular alternancia de inflexiones que sugería pregunta y respuesta, afirmación y réplica.
Una voz era indisfrazadamente la de Charles, pero la otra poseía una profundidad y una vacuidad a las que las mejores dotes del joven para la mímesis ceremonial apenas se habían aproximado antes. Había en ella algo de espantoso, blasfemo y anormal, y de no ser por un grito de su esposa convaleciente, que despejó su mente al despertar sus instintos protectores, no es probable que Theodore Howland Ward hubiera podido mantener por casi un año más su vieja presunción de que jamás se había desmayado.
Tal como estaban las cosas, tomó a su esposa en brazos y la llevó rápidamente escaleras abajo antes de que ella pudiera percatarse de las voces que a él lo habían turbado de manera tan horrible. Aun así, sin embargo, no fue lo suficientemente rápido como para evitar captar por sí mismo algo que lo hizo tambalearse peligrosamente con su carga.
Pues el grito de la señora Ward había sido evidentemente oído por otros además de él y, como respuesta al mismo, desde detrás de la puerta con llave habían surgido las primeras palabras inteligibles que aquel silencioso y terrible coloquio había arrojado. Eran meramente una advertencia agitada con la propia voz de Charles, pero de algún modo sus implicaciones encerraban un miedo sin nombre para el padre que las oyó por casualidad. La frase fue exactamente esta:
« ¡Chist!—¡escribe! »