Willett hizo una pausa, y su voz se volvió indignada al hablar de cómo las cosas se estaban muriendo de hambre. Acusó al joven de una crueldad inhumana y se estremeció cuando solo una risa sardónica respondió.
Pues Charles, habiendo abandonado por inútil su pretexto de que la cripta no existía, parecía ver alguna broma espantosa en este asunto; y rió entre dientes, con ronquido, de algo que le hacía gracia.
Entonces susurró, con un acento doblemente terrible debido a la voz rota que empleaba:
«¡Maldita sea, sí que comen, pero no lo necesitan! ¡Eso es lo extraordinario! ¿Un mes, dices, sin comida? ¡Caramba, señor, te quedas corto! ¿Sabes? ¡Esa era la broma sobre el pobre viejo Whipple y su petulancia virtuosa! ¿Iba a acabar con todo? ¡Vaya, me cago en la mar, estaba medio sordo por el ruido de Afuera y jamás vio ni oyó nada de los pozos! ¡Ni se imaginaba que estuvieran ahí! ¡Que te lleve el diablo, esas malditas cosas llevan aullando ahí abajo desde que se cargaron a Curwen hace ciento cincuenta y siete años!».
Pero nada más que esto pudo arrancar Willett al joven. Horrorizado, aunque casi convencido en contra de su voluntad, prosiguió con su relato con la esperanza de que algún incidente lograra sacar a su oyente de la enloquecida compostura que mantenía. Al mirar el rostro del joven, el doctor no pudo evitar sentir una especie de terror ante los cambios que los últimos meses habían obrado. Verdaderamente, el muchacho había atraído horrores sin nombre desde los cielos. Cuando se mencionó la habitación de las fórmulas y el polvo verdoso, Charles mostró su primera señal de animación. Una expresión burlona se