Hacia el amanecer, dos mensajeros aterrorizados, con un olor monstruoso e inclasificable impregnando sus ropas, llamaron a la puerta de los Fenner y pidieron un barril de ron, por el cual pagaron de verdad muy bien.
Uno de ellos le dijo a la familia que el asunto de Joseph Curwen había terminado y que los acontecimientos de la noche no debían mencionarse nunca más. Por arrogante que pareciera la orden, el aspecto de quien la impartía eliminaba todo resentimiento y le confería una autoridad temible; de modo que solo estas furtivas cartas de Luke Fenner, las cuales instó a su pariente de Connecticut a destruir, quedan para contar lo que se vio y se oyó.
El incumplimiento de dicho pariente, por el cual las cartas se salvaron después de todo, ha evitado por sí solo que el asunto caiga en un piadoso olvido.
Charles Ward tenía un detalle que añadir como resultado de una larga encuesta entre los residentes de Pawtuxet sobre tradiciones ancestrales. El viejo Charles Slocum, de esa aldea, contó que en tiempos de su abuelo corría un extraño rumor acerca de un cuerpo carbonizado y distorsionado hallado en los campos una semana después de que se anunciara la muerte de Joseph Curwen. Lo que mantenía vivo el rumor era la idea de que aquel cuerpo, en la medida en que podía apreciarse en su estado quemado y retorcido, no era ni enteramente humano ni estaba emparentado en su totalidad con ningún animal que la gente de Pawtuxet hubiera visto o sobre el que hubiera leído jamás.