se escuchó un sonido desgarrador seguido de un grito terrible y una caída, pero cuando la señora Ward llamó a la puerta, su hijo al fin respondió con voz débil y le dijo que no había pasado nada malo. El hedor espantoso e indescriptible que ahora emanaba era absolutamente inofensivo y, por desgracia, necesario. La soledad era el requisito fundamental y aparecería más tarde para la cena. Esa tarde, tras concluir unos extraños soplidos y seseos que provenían de detrás del umbral cerrado con llave, apareció por fin; con un aspecto sumamente demacrado y prohibiendo a cualquiera que entrase en el laboratorio bajo ningún pretexto. Este fue, en verdad, el comienzo de una nueva política de secretismo; pues jamás volvió a permitirse a ninguna otra persona visitar ni el misterioso taller de la buhardilla ni el cuarto trastero contiguo, que despejó, amuebló toscamente y añadió a su dominio inviolablemente privado como dormitorio. Aquí vivió, con libros subidos desde su biblioteca de abajo, hasta el momento en que compró el bungaló de Pawtuxet y trasladó a él todos sus bártulos científicos.
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III. Una búsqueda y una evocación
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