El señor Ward, aturdido por la avalancha de morbosidades grotescas y sugerencias inconmensurablemente enloquecedoras que llovían sobre él desde todos los frentes, solo pudo asentir; y media hora después el doctor quedó encerrado en la habitación rehuida con los paneles de Olney Court.
El padre, escuchando al otro lado, oyó ruidos torpes de movimientos y rebusque a medida que pasaban los minutos; y finalmente un crujido y un chirrido, como si se estuviera abriendo la puerta apretada de un armario. Luego se oyó un grito ahogado, una especie de sofoco ronco, y el portazo apresurado de lo quequiera que se hubiera abierto.
Casi al instante sonó el traqueteo de la llave y Willett apareció en el pasillo, demacrado y cadavérico, exigiendo leña para la chimenea real del muro sur de la habitación. La estufa no bastaba, dijo; y el leño eléctrico tenía poca utilidad práctica.
Anhelando y a la vez sin atreverse a hacer preguntas, el señor Ward dio las órdenes necesarias y un hombre trajo unos recios leños de pino, estremeciéndose al entrar en el aire corrompido de la biblioteca para colocarlos en la reja. Willett entretanto había subido al laboratorio desmantelado y bajado algunos bártulos que no se habían incluido en la mudanza del julio anterior. Estaban en una cesta tapada y el señor Ward nunca supo lo que eran.
Luego el doctor se encerró de nuevo en la biblioteca, y por las nubes de humo que salían por la chimenea y bajaban frente a las ventanas se supo que había encendido el fuego.
Más tarde, tras un gran crujir de periódicos, se volvió a oír aquel extraño chirrido metálico; seguido de unos golpes sordos que no le gustaban a ninguno de los mirones.
A continuación se oyeron dos gritos ahogados de Willett, y justo después de estos vino el crujido sibilante de una maldad indefinible.