En la pared norte seguía alzándose el antiguo dintel tallado procedente de la casa de Olney Court, pero al óleo agrietado y precariamente restaurado del gran retrato de Curwen le había sobrevenido el desastre.
El tiempo y la calefacción desigual habían hecho su trabajo por fin, y en algún momento desde la última limpieza de la habitación había ocurrido lo peor.
Desprendiéndose de la madera, enrollándose cada vez con más fuerza y desmoronándose finalmente en pequeños trozos con una rapidez que debió de ser malignamente silenciosa, el retrato de Joseph Curwen había renunciado para siempre a su atenta vigilancia sobre el joven al que se parecía de un modo tan extraño, y ahora yacía esparcido por el suelo convertido en una fina capa de polvo gris azulado.