Estas voces abarcaban toda la gama entre murmullos de sorda aquiescencia y explosiones de dolor o furia frenética, murmullos de conversación y quejidos de súplica, jadeos de entusiasmo y gritos de protesta. Parecían estar en diferentes idiomas, todos conocidos por Curwen, cuyas ásperas inflexiones se distinguían frecuentemente en respuesta, reprensión o amenaza.
Weeden tenía en su cuaderno muchos registros textuales de fragmentos oídos al pasar, en inglés, francés y español, lenguas que conocía y que se usaban con frecuencia; pero de todo eso no ha sobrevivido nada. Sí llegó a decir, sin embargo, que aparte de unos cuantos diálogos truculentos relacionados con los asuntos pasados de familias de Providence, la mayoría de las preguntas y respuestas que alcanzaba a entender eran de índole histórica o científica; y en ocasiones se referían a lugares y épocas muy remotos. En una ocasión, por ejemplo, a una figura alternativamente furiosa y taciturna se le interrogó en francés sobre la masacre del Príncipe Negro en Limoges en 1370, como si hubiese alguna razón oculta que ella debiera conocer. Curwen le preguntó al prisionero —si es que era un prisionero— si la orden de matar se había dado debido al Signo del Macho Cabrío hallado sobre el altar en la antigua cripta romana bajo la catedral, o si El Hombre Oscuro del aquelarre de Haute Vienne había pronunciado las Tres Palabras. Al no obtener respuestas, el inquisidor Aparentemente había recurrido a medios extremos; pues se oyó un alarido terrible seguido de silencio, murmullos y un sonido sordo.
Ninguno de estos coloquios fue presenciado jamás de vista, ya que las ventanas estaban siempre densamente entornadas.
Más tarde, no volvieron a oírse más conversaciones en la casa, y Weeden y Smith dedujeron que Curwen había trasladado su campo de acción a las regiones subterráneas.
Que tales regiones existían en verdad, parecía quedar ampliamente claro por muchas cosas.