Por la mañana su madre vio que estaba trabajando en la copia fotostática del cifrado Hutchinson, que ya le había enseñado con frecuencia antes; pero, en respuesta a la pregunta de ella, dijo que la clave de Curwen no se le podía aplicar.
Esa tarde abandonó su trabajo y observó fascinado a los hombres mientras terminaban de instalar el cuadro, con su carpintería sobre un leño eléctrico inteligentemente realista, adelantando un poco la chimenea falsa y el coronamiento de la pared desde el muro norte como si existiera un conducto, y cerrando los costados con paneles a juego con los de la habitación.
Después de que se marcharon los obreros, trasladó su trabajo al estudio y se sentó ante él con los ojos puestos a medias en el cifrado y a medias en el retrato que le devolvía la mirada como un espejo sumador de años y evocador de siglos.
Sus padres, al recordar posteriormente su conducta en este período, ofrecen interesantes detalles acerca de la política de ocultamiento que practicaba.
Ante los sirvientes rara vez ocultaba cualquier papel que pudiera estar estudiando, ya que suponía acertadamente que la intrincada y arcaica caligrafía de Curwen sería demasiado para ellos.
Con sus padres, sin embargo, era más circunspecto; y a menos que el manuscrito en cuestión fuera un cifrado, o una mera masa de símbolos crípticos e ideogramas desconocidos (como parecía ser el titulado «A aquel que ha de venir, etc.»), lo cubría con algún papel conveniente hasta que su visitante se había marchado.
Por la noche guardaba los papeles bajo llave en un gabinete antiguo de su propiedad, donde también los colocaba siempre que salía de la habitación.