se habían mantenido inquietantemente a la expectativa mientras las notas a máquina del joven Ward a sus padres se hacían cada vez más escasas. Llegó entonces el primero de mes con sus habituales ajustes financieros, y los cajeros de ciertos bancos comenzaron a sacudir peculiarmente la cabeza y a telefonearse unos a otros. Funcionarios que conocían a Charles Ward de vista fueron al bungaló a preguntar por qué cada uno de sus cheques que aparecía en ese momento era una falsificación torpe, y se quedaron menos tranquilos de lo que debieran cuando el joven explicó con voz ronca que su mano se había visto últimamente tan afectada por un choque nervioso que le hacía imposible la escritura normal. No podía, según dijo, trazar ningún carácter escrito en absoluto salvo con gran dificultad, y podía demostrarlo con el hecho de que se había visto obligado a mecanografiar todas sus cartas recientes, incluso aquellas para su padre y su madre, quienes corroborarían tal afirmación.
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IV. Una mutación y una locura
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