El joven Ward había escrito que sus indagaciones se habían vuelto blasfemas y amenazantes, que estas y su barbudo colega debían ser extirpados a cualquier precio, y que él mismo jamás regresaría a su escenario final; sin embargo, según las últimas noticias, había olvidado todo esto y estaba de nuevo metido de lleno en el misterio. El sentido común aconsejaba dejar al joven en paz con sus caprichos, pero un instinto más profundo no permitía que se disipara la impresión de aquella carta frenética. Willett la volvió a leer, y no pudo hacer que su esencia sonara tan vacua y dementes como parecían sugerir tanto su rimbombante lenguaje como su falta de cumplimiento. Su terror era demasiado profundo y real, y en conjunción con lo que el doctor ya sabía, evocaba indicios demasiado vívidos de monstruosidades procedentes de más allá del tiempo y del espacio como para permitir cualquier explicación cínica. > Había horrores sin nombre acechando por todas partes; y por muy poco que uno pudiera alcanzarlos, debía estar preparado para cualquier tipo de acción en cualquier
Durante más de una semana, el doctor Willett meditó sobre el dilema que parecía habérsele impuesto, y se sintió cada vez más inclinado a hacerle una visita a Charles en el bungaló de Pawtuxet.
Ningún amigo del joven se habíatrevido jamás a asaltar este refugio prohibido, y ni siquiera su padre conocía su interior más allá de las descripciones que él bien tuviera en dar; pero Willett sentía que era necesaria una conversación directa con su paciente.
El señor Ward había estado recibiendo notas mecanografiadas, breves y evasivas, de su hijo, y decía que la señora Ward, en su retiro de Atlantic City, no había tenido mejores noticias.
Así que, al fin, el doctor decidió actuar; y a pesar de la curiosa sensación inspirada por las viejas leyendas de Joseph Curwen, y por las más recientes revelaciones y advertencias de Charles Ward, partió audazmente hacia el bungaló en el acantilado sobre el río.