Se entregó a la viuda de Joseph Curwen un ataúd de plomo sellado y de diseño curioso, obviamente hallado listo en el lugar cuando fue necesario, en el cual se le dijo que yacía el cuerpo de su esposo. Había muerto, se explicó, en un enfrentamiento de aduanas sobre el cual no era prudente dar detalles. Más que esto, ninguna lengua reveló jamás sobre el fin de Joseph Curwen, y Charles Ward solo disponía de un único indicio con el cual construir una teoría. Este indicio era el más tenue de los hilos: el tembloroso subrayado de un pasaje en la carta confiscada de Jedediah Orne a Curwen, copiado parcialmente de puño y letra de Ezra Weeden. La copia fue hallada en poder de los descendientes de Smith; y se nos deja decidir si Weeden se la dio a su compañero tras el desenlace, como una pista muda de la anormalidad que había tenido lugar, o si, como es más probable, Smith la tenía de antes y añadió él mismo el subrayado a partir de lo que había logrado extraer a su amigo mediante sagaces conjeturas y hábiles interrogatorios. El pasaje subrayado es simplemente este:
Os lo digo otra vez, no invoquéis a Nadie a quien no podáis desterrar; con lo cual quiero decir, a Nadie que a su vez pueda invocar algo contra vosotros, con lo que vuestros más poderosos Artificios no os sirvan. Pedid a los Menores, no sea que los Mayores no deseen Responder, y os manden más de lo que deseáis.
A la luz de este pasaje, y reflexionando sobre qué últimos e innombrables aliados podría intentar invocar un hombre vencido en su más extrema necesidad, Charles Ward bien pudo haberse preguntado si algún ciudadano de Providence mató a Joseph Curwen.