Dentro de su escasa profundidad, y a salvo de esparcirse únicamente por la ausencia de viento en aquella caverna retirada, yacía una pequeña cantidad de un polvo eflorescente seco y de un verde apagado que debía de haber estado en la jarra; y Willett casi vaciló ante las implicaciones que lo invadieron de golpe al correlacionar poco a poco los diversos elementos y antecedentes de la escena.
Los látigos y los instrumentos de tortura; el polvo o las sales de la jarra de los «Custodes», los dos lekythoi de la balda de los «Custodes», las túnicas, las fórmulas de las paredes, las notas del bloc, los indicios de las cartas y las leyendas, y los mil atisbos, dudas y suposiciones que habían acosado a los amigos y padres de Charles Ward: todo ello sumergió al doctor en una marea de horror al contemplar aquel polvo seco y verdoso extendido en la kylix de plomo sobre pedestal en el suelo.
Con un esfuerzo, sin embargo, Willett se recompuso y comenzó a estudiar las fórmulas cinceladas en las paredes. Por las letras manchadas e incrustadas era obvio que habían sido talladas en la época de Joseph Curwen, y su texto resultaba vagamente familiar para alguien que hubiera leído mucho material de Curwen o profundizado extensamente en la historia de la magia. El doctor reconoció claramente una de ellas como la que la señora Ward había oído entonar a su hijo en aquel amenazador Viernes Santo un año atrás, y que una autoridad le había dicho que era una invocación muy terrible dirigida a dioses secretos fuera de las esferas normales. No estaba escrita aquí exactamente como la señora Ward la había anotado de memoria, ni tampoco como la autoridad se la había mostrado en las páginas prohibidas de «Eliphas Levi»; pero su identidad era inconfundible, y palabras como Sabaoth, Metraton, Almonsin y Zariatnatmik provocaron un estremecimiento de terror en el buscador que tanto había visto y sentido de la abominación cósmica al acecho.
Esto estaba en la pared de la izquierda al entrar en la habitación. La pared de la derecha no estaba menos densamente inscrita, y Willett sintió un