que no les placían en absoluto. El doctor Willett pensaba profunda y rápidamente, y sus pensamientos eran terribles. De vez en cuando estaba a punto de soltar murmullos mientras repasaba en su mente una cadena nueva, espantosa y cada vez más concluyente de sucesos de pesadilla.
Entonces el señor Ward hizo una señal de que la conferencia había terminado, y todos, salvo él y el médico, abandonaron la habitación. Ya era mediodía, pero sombras como de una noche venidera parecían envolver la mansión acechada por fantasmas.
Willett comenzó a hablar muy seriamente con su anfitrión, y le instó a que le dejara a él gran parte de la investigación futura. Habría, predijo, ciertos elementos repulsivos que un amigo podía soportar mejor que un pariente. Como médico de la familia debía tener manos libres, y lo primero que requería era un período a solas y sin molestias en la abandonada biblioteca de arriba, donde el antiguo testero de la chimenea había reunido en torno a sí un aura de horror nauseabundo más intensa que cuando los propios rasgos de Joseph Curwen miraban de reojo desde el panel pintado.