Así, el seis de marzo de 1928, hubo una larga y seria conferencia en el despacho del señor Ward, tras la cual el padre, completamente desconcertado, mandó llamar al doctor Willett con una especie de indefensa resignación.
Willett examinó las tensas y torpes firmas de los cheques y las comparó mentalmente con la caligrafía de aquella última nota frenética.
Desde luego, el cambio era radical y profundo, y sin embargo había algo endiabladamente familiar en la nueva escritura. Presentaba tendencias estranguladas y arcaicas de una índole muy curiosa, y parecía provenir de un tipo de trazo totalmente distinto al que el joven siempre había utilizado. Era extraño, pero ¿dónde la había visto antes?
En conjunto, era evidente que Charles estaba loco. De eso no cabía la duda. Y dado que parecía improbable que pudiera administrar sus bienes o seguir lidiando con el mundo exterior por mucho más tiempo, era necesario hacer algo con rapidez en pro de su supervisión y posible cura.
Fue entonces cuando llamaron a los alienistas, los doctores Peck y Waite, de Providence, y el doctor Lyman, de Boston, a quienes el señor Ward y el doctor Willett ofrecieron la historia clínica más exhaustiva posible, y quienes deliberaron largo rato en la ahora desocupada biblioteca de su joven paciente, examinando los libros y papeles suyos que habían quedado para formarse una idea más precisa de su talante mental habitual.
Tras ojear este material y examinar la nota sin sentido dirigida a Willett, todos coincidieron en que los estudios de Charles Ward habían bastado para desquiciar o al menos deformar cualquier intelecto ordinario, y desearon fervientemente poder ver sus volúmenes y documentos más íntimos; pero sabían que esto último solo podrían hacerlo, en todo caso, tras una escena en el propio bungaló.