orilla y lo transportaban por tierra hasta la granja, encerrándolo en el mismo edificio de piedra enigmático que anteriormente había recibido a los negros. El cargamento consistía casi en su totalidad en cajas y estuches, de los cuales una gran proporción eran oblongos y pesados, y sugerían de manera inquietante la presencia de ataúdes.
Weeden siempre vigilaba la granja con incesante asiduidad, visitándola cada noche durante largas temporadas y rara vez dejando pasar una semana sin echar un vistazo, excepto cuando el suelo cubierto de nieve delataba las huellas.
Al verse interrumpidas sus propias vigilias por obligaciones náuticas, contrató a un compañero de taberna llamado Eleazar Smith para que continuara la observación durante sus ausencias; y entre ambos habrían podido poner en marcha extraordinarios rumores.
El que no lo hicieran se debió únicamente a que sabían que el efecto de la publicidad habría sido alertar a su presa y hacer imposible cualquier nuevo avance.
Se colige que Weeden y Smith llegaron pronto al convencimiento de que una gran serie de túneles y catacumbas, habitados por un personal muy considerable además del viejo indio y su mujer, se extendía bajo la granja. La casa era una vieja reliquia puntiaguda de mediados del siglo XVII, con una enorme chimenea de hogar central y ventanas de celosía con cristales en rombo; el laboratorio se encontraba en un cobertizo orientado al norte, donde el tejado casi tocaba el suelo. Este edificio estaba separado de cualquier otro; sin embargo, a juzgar por las distintas voces que se oían de vez en cuando en su interior, debía de ser accesible a través de pasadizos secretos subterráneos.