extendió por su rostro al escuchar lo que Willett había leído en el bloc, y se aventuró a afirmar suavemente que aquellas notas eran antiguas, sin ninguna importancia posible para alguien que no estuviera profundamente iniciado en la historia de la magia. > «Pero —añadió—, de haber sabido las palabras para invocar aquello que tenía preparado en la copa, no habrías estado aquí para contarme esto. Era el número 118, y supongo que habrías temblado de haberlo buscado en mi lista del otro cuarto. Yo nunca lo evoqué, pero tenía la intención de hacerlo el día que viniste a invitarme
Entonces Willett habló de la fórmula que había pronunciado y del humo verde negruzco que se había levantado; y al hacerlo vio despuntar el verdadero miedo por primera vez en el rostro de Charles Ward.
«¡Vino, y usted está aquí con vida!»
Mientras Ward croaba las palabras, su voz pareció casi liberarse de sus trabas y hundirse en abismos cavernosos de una resonancia insólita. Willett, dotado de un destello de inspiración, creyó comprender la situación y tejió en su réplica una advertencia extraída de una carta que recordaba.
«¿El número 118, dice? Pero no olvide que las piedras han cambiado en nueve de cada diez terrenos. ¡Nunca se está seguro hasta que se interroga!»
Y entonces, sin previo aviso, extrajo el menúsculo mensaje y se lo agitó velozmente ante los ojos del paciente. No podría haber deseado un resultado más contundente, pues Charles Ward se desmayó al instante.
Toda esta conversación, por supuesto, se había llevado a cabo con el mayor secreto para evitar que los alienistas residentes acusaran al padre y al médico de alentar a un demente en sus delirios.