Pero las febriles y secretas actividades de Curwen no cesaron en absoluto con este cambio. Por el contrario, tendieron más bien a intensificarse; de modo que una parte cada vez mayor de sus negocios navieros pasó a ser manejada por capitanes a quienes ahora ataba con lazos de miedo tan potentes como los de la bancarrota lo habían sido.
Abandonó por completo el comercio de esclavos, alegando que sus beneficios disminuían constantemente. Pasaba cada momento posible en la granja de Pawtuxet; aunque de vez en cuando corrían rumores de su presencia en lugares que, si bien no estaban propiamente cerca de los cementerios, se hallaban sin embargo emplazados de tal modo respecto a ellos que la gente reflexiva se preguntaba cuán profundo era en realidad el cambio de hábitos del viejo mercader.
Ezra Weeden, a pesar de que sus períodos de espionaje eran necesariamente breves e intermitentes debido a sus travesías marítimas, poseía una persistencia vengativa de la que carecía la mayor parte de los prácticos lugareños y granjeros, y sometió los asuntos de Curwen a un escrutinio como jamás antes habían tenido.
El contrabando y la evasión eran la norma en la bahía de Narragansett, y los desembarcos nocturnos de cargamentos ilícitos eran lugares comunes y constantes. Pero Weeden, noche tras noche, siguiendo a los lanchones o pequeños balandros que veía zarpar sigilosamente de los almacenes de Curwen en los muelles de Town Street, pronto adquirió la certeza de que no era meramente a los barcos armados de Su Majestad a los que el siniestro merodeador temía evitar. Los lanchones solían partir de los oscuros y silenciosos muelles, y descendían por la bahía una cierta distancia, tal vez hasta Namquit Point, donde se encontraban y recibían cargamento de extraños barcos de considerable tamaño y muy variada apariencia. Los marineros de Curwen depositaban entonces este cargamento en el punto habitual de la