testamento y respetados por ignorancia por quienes habían borrado el nombre— que eran absolutamente esenciales para la solución definitiva de su criptico sistema. Curwen, creía él, había deseado guardar su secreto con celo; y en consecuencia había distribuido los datos de un modo sumamente curioso. Cuando el doctor Willett pidió ver los documentos místicos, Ward mostró mucha reticencia e intentó darle largas con cosas como las copias fotostáticas del cifrado de Hutchinson y las fórmulas y diagramas de Orne; pero finalmente le mostró los exteriores de algunos de los hallazgos reales de Curwen —el «Diario y notas», el cifrado (con el título también en clave) y el mensaje lleno de fórmulas «Aquel que ha de venir»— y le dejó echar un vistazo al interior de los que estaban en caracteres oscuros.
También abrió el diario en una página cuidadosamente seleccionada por su inocuidad y le dio a Willett un vistazo de la caligrafía corrida de Curwen en inglés. El doctor observó muy de cerca las letras enmarañadas