después había visto tales instrumentos ni sugerencias de instrumentos como los que aquí se alzaban por doquier entre el polvo sepulcral y las telarañas de siglo y medio, en muchos casos visiblemente destrozados como si hubiera sido por los antiguos asaltantes. Pues muchas de las cámaras parecían completamente inescrutadas por pies modernos, y debieron de representar las fases más tempranas y obsoletas de la experimentación de Joseph Curwen. Por fin llegó a una estancia de evidente modernidad, o al menos de reciente ocupación. Había estufas de petróleo, estanterías y mesas, sillas y armarios, y un escritorio amontonado de papeles de diversa antigüedad y contemporaneidad. Candelabros y lámparas de aceite se encontraban dispersos por varios sitios; y al hallar una caja de cerillas a mano, Willett encendió los que estaban listos para su uso.
En el resplandor más amplio resultó evidente que aquel aposento no era otra cosa que el estudio o biblioteca más reciente de Charles Ward. De los libros, el doctor había visto muchos antes, y una buena parte de los muebles procedía claramente de la mansión de Prospect Street. Aquí y allá había alguna pieza bien conocida por Willett, y la sensación de familiaridad se hizo tan grande que olvidó a medias el hedor y los lamentos, los cuales eran más claros aquí que al pie de los escalones. Su primer deber, según lo planeado desde hacía tiempo, era buscar y confiscar cualquier papel que pareciera de vital importancia; especialmente aquellos documentos portentosos hallados por Charles tanto tiempo atrás detrás del cuadro en Olney Court. A medida que buscaba, percibió cuán estruendosa tarea sería el descenlace final; pues gaveta tras gaveta rebosaba de papeles de extrañas grafías y con extraños diseños, de modo que podrían necesitarse meses o incluso años para una minuciosa descodificación y edición.