docenas de pozos tartáreos exhalaban sus quejidos y chillidos agotados para responder a sus propios gritos insanos. Se desolló las manos con las piedras sueltas y rugosas, y muchas veces se golpeó la cabeza contra los frecuentes pilares, pero aun así continuó adelante.
Entonces al fin volvió lentamente en sí en medio de la negrura y la peste absolutas, y se tapó los oídos contra el lamento monótono en el que se había disipado el estallido de aullidos.
Estaba empapado en sudor y sin medios para producir luz; abatido y desquiciado en la negrura y el horror abisales, y aplastado por un recuerdo que jamás podría borrar.
Debajo de él, decenas de aquellas cosas aún vivían, y de uno de los pozos se había retirado la tapa. Sabía que lo que había visto jamás podría trepar por las paredes resbaladizas, pero se estremecía ante la idea de que pudiera existir algún punto de apoyo oscuro.
Lo que era aquello, nunca quiso decirlo. Era semejante a algunas de las tallas del altar infernal, pero estaba vivo. La naturaleza jamás lo había creado en esta forma, pues resultaba demasiado palpable lo inacabado de su factura. Las deficiencias eran del más sorprendente calibre, y las anormalidades de proporción no se podían describir. Willett solo alcanza a decir que este tipo de cosas debió de representar a entidades que Ward conjuraba a partir de sales imperfectas, y que conservaba con fines serviles o rituales.
De no haber poseído cierta significación, su imagen no habría estado tallada en aquella maldita piedra. No era la peor cosa representada en dicha piedra, pero Willett jamás abrió los otros pozos.
En ese momento, la primera idea coherente que acudió a su mente fue un párrafo ocioso de algunos de los viejos datos de Curwen que había asimilado mucho tiempo atrás; una frase empleada por Simon o Jedediah Orne en aquella portentosa carta confiscada al hechicero de antaño: