tarde brillaron en la gran araña de cristal. Al fin encontraron lo que necesitaban. Las letras no eran en verdad ningún invento fantástica, sino la escritura normal de una época muy oscura. Eran las minúsculas sajonas picadas de los siglos VIII o IX d. C., y traían consigo recuerdos de un tiempo tosco en el que, bajo un nuevo barniz cristiano, los antiguos cultos y los antiguos ritos se agitaban sigilosamente, y la pálida luna de Britania contemplaba a veces extraños hechos en las ruinas romanas de Caerleon y Hexhaus, y junto a las Torres a lo largo del muro desmoronado de Adriano. Las palabras estaban en el latín que una época bárbara podía recordar: «Corvinus, necandus est. Cadaver aq(ua) forti dissolvendum, nec aliq(ui)d retinendum. Tace ut potes.», que puede traducirse grosso modo como: «Hay que matar a Curwen. El cadáver debe disolverse en aqua fortis, sin conservar nada. Guarda silencio lo mejor que puedas».
Willett y el señor Ward estaban mudos y desconcertados. Se habían topado con lo desconocido y descubierto que carecían de emociones para reaccionar ante ello tal como creían vagamente que debían hacerlo.
En el caso de Willett, sobre todo, la capacidad para recibir nuevas impresiones de asombro estaba casi agotada; y ambos hombres se quedaron sentados, inmóviles e indefensos, hasta que el cierre de la biblioteca los obligó a marchar.
Luego se dirigieron apáticos a la mansión de los Ward en Prospect Street, y hablaron sin un propósito claro hasta bien entrada la noche. El doctor descansó hacia el amanecer, pero no se fue a casa. Y seguía allí el domingo al mediodía, cuando llegó un mensaje telefónico de los detectives que habían sido asignados para rastrear al doctor Allen.
El señor Ward, que paseaba nervioso con una bata de levantarse, respondió al llamado en persona y les dijo a los hombres que subieran temprano al día siguiente al enterarse de que su informe estaba casi listo.