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XV

de este siempre me ha aterrorizado, pero hoy lo empuñé sin miedo. ¡Ay, estaba fuera de mí! Ahora el solo hecho de pensar en ello me atemoriza. Por lo general, soy incapaz de mirar a un hombre herido y tiemblo al ver una sola gota de sangre. Casi me pongo a llorar si veo que alguien golpea a un perro delante de mí. Nunca he tenido la fuerza suficiente para matar un mosquito. Pero esta tarde, Augustine, esta tarde, cuando oí el ruido en la calle, cuando pensé que aquellos golpes en el portal habían vuelto, cuando esperaba a cada instante ver a aquellos hombres ante mí, te juro que si hubiera ocurrido lo que temía, si cuando estaba en la habitación de mi padre, junto a su lecho, hubiera aparecido ese mismo hombre que lo maltrató pocas horas antes, te juro que allí mismo le habría atravesado el corazón con mis propias manos.

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