sentó en el suelo, teniéndola sobre sus rodillas y en sus brazos. Yo le cubrí los pies con mi manto.
Agustín y yo guardábamos silencio, para que nuestras voces no perturbasen el sueño de la muchacha. El lugar era bastante solitario. A espaldas nuestras quedaba la Casa de los Duendes, muy cerca del Convento de San Francisco, y enfrente el colegio de San Diego, con su huerta cercada de tapias altas de adobes que daban a callejones irregulares y estrechos. Por ellos desfilaban los centinelas relevados y los pelotones que iban a los puestos avanzados o regresaban de ellos. La tregua era absoluta, y aquel reposo presagiaba una gran batalla al día siguiente. De pronto, el silencio me permitió percibir golpes sordos bajo nosotros, en las entrañas de la tierra. Comprendí que los zapadores franceses habían llegado a aquel punto con sus picos, y le dije a Agustín lo que aquello debía de ser. Él escuchó con atención; luego me dijo—