extraordinario, inmenso y sobrehumano, nos lanzamos a la brecha detrás de la heroica mujer, en el punto por donde los franceses intentaban el asalto con escalas. Sin saber en absoluto cómo explicarlo, sentimos nuestras fuerzas multiplicadas por cien, y los rechazamos, arrojando al foso a aquellos hombres de algodón que hacía poco nos habían parecido hombres de acero. A tiros y sablazos, con bombas, con paladas de tierra, a golpes y bayonetazos, luchamos. Muchos de los nuestros murieron para defender a otros con sus cuerpos inertes. Defendimos la brecha, en efecto, y los franceses se vieron obligados a retirarse, dejando muchos muertos y heridos al pie del muro. Los cañones volvieron a disparar, y el inconquistable reducto no cayó el día once en manos de los franceses.
Cuando la tempestad de fuego se calmó, no nos reconocíamos. Estábamos transfigurados, y algo nuevo y desconocido palpitaba en lo profundo de nuestras almas, infundiéndonos una ferocidad inaudita.
Al día siguiente Palafox dijo, con mucha elocuencia:
«¡Ni balas, ni bombas, ni obuses harán cambiar de color nuestros rostros, ni podrá Francia entera conseguir semejante cosa!»