El tres de febrero, los franceses se apoderaron del convento de Jerusalén, situado entre Santa Engracia y el hospital.
La batalla que siguió a la conquista de tan importante posición fue tan sangrienta como las de Las Tenerías.
Don Marcos Simono, el distinguido comandante de ingenieros, fue uno de los que murieron allí. En el arrabal, los sitiadores habían avanzado muy poco; y en seis o siete días de esfuerzo, no se habían apoderado de la calle de Puerta Quemada.
Las autoridades comprendieron que sería difícil prolongar la resistencia por mucho más tiempo, y con ofrecimientos de dinero y honores intentaron reanimar de nuevo a los patriotas.
En una proclama del dos de febrero, pidiendo recursos, Palafox dijo: «Doy mis dos relojes y veinte platos de plata, que es lo único que me queda».
En la del cuatro de febrero, ofreció conceder honores especiales, hacer caballeros a los doce hombres que más se distinguiuran; se creó para ellos una orden militar de nobleza, llamada los Infanzones.
En la proclama del nueve, lamentó la indiferencia y la disposición a rendirse, exhibidas por algunos ciudadanos ante las desgracias de su patria; y tras insinuar que esta pérdida de valor era provocada por el oro francés, amenazó con castigos terribles a quienes se mostraran cobardes.
Los combates de los días tres, cuatro y cinco no fueron tan sangrientos como el último que he descrito. Los franceses y españoles perecían de fatiga.