franceses era apoderarse a toda costa de aquella línea de ladrillos desmoronados que unos cientos de locos defendían, y tomarla a cualquier precio. Masas mortíferas fueron lanzadas hacia adelante, y las columnas vivas pasaban por encima de los muertos.
No se diga, para restar mérito a nuestro valor, que los franceses no combatían a descubierto. Tampoco nosotros lo hacíamos, pues ninguno de nosotros podía asomar la cabeza por encima del muro derruido y conservarla sobre los hombros.
Masas de hombres se estrellaban unas contra otras, y las bayonetas se cebaban con furia brutal en los cuerpos de los enemigos. Desde las casas provenía un fuego incesante. Podíamos ver a los franceses caer en montón, atravesados por el plomo y el acero, al pie mismo de las ruinas que intentaban conquistar.
Nuevas columnas tomaron el lugar de las primeras, y en los que vinieron después, las crueldades de la venganza se sumaron a prodigios de valor.
Por nuestra parte, el número de los que cayeron fue enorme. Los muertos quedaban por docenas sobre la tierra a lo largo de aquella línea que había sido un muro, pero que ya no era más que una masa amorfa de tierra, ladrillos y cadáveres.
Lo natural, lo humano, habría sido abandonar tales posiciones, y no intentar defenderlas contra semejante combinación de fuerza y habilidad militar. Pero aquí no había nada de humano ni de natural. Por el contrario, la potencia de defensa se extendía hasta el infinito, hacia límites no reconocidos por el cálculo científico, más allá del valor ordinario.
La índole aragonesa se puso de manifiesto, y es una índole que no sabe dejarse vencer. Los vivos ocuparon el lugar de los muertos con un aplomo sublime. La muerte era un accidente, un detalle trivial, una cosa de la que no cabía hacer caso.