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VI. El asalto al Torrero

Todos miramos hacia el lugar indicado, un edificio de enormes dimensiones que se alzaba a nuestra izquierda, separado de la Puerta Quemada por el valle del Huerva.

“Ahí está Renovales —dijo Agustina—, el valiente don Mariano Renovales, que tanto se distinguió en el otro sitio, el que ahora manda las tropas de Orihuela y de Valencia”.

En nuestra posición todos nos preparábamos para una defensa enérgica. En el reducto del Pilar, en la batería de Los Mártires, en la torre del Pino, lo mismo que en los Trinitarios, la artillería montaba guardia con las mechas encendidas, y la infantería aguardaba tras los parapetos en posiciones que nos parecían bastante seguras, lista para disparar si alguna columna intentaba asaltarnos.

Hacía frío, y la mayor parte de nosotros estábamos temblando. Casi se habría podido creer que era de miedo; pero no, era frío, y cualquiera que hubiese dicho lo contrario habría mentido.

El movimiento que yo había previsto no tardó en efectuarse, y el convento de San José fue atacado por una fuerte columna de infantería francesa. Fue un conato de ataque, o, más bien, una sorpresa.

A juzgar por las apariencias, el enemigo tenía mala memoria, pues en tres meses había olvidado que las sorpresas eran imposibles en Zaragoza. Con todo, llegaron a tiro de fusil, y sin duda los graciosos mozuelos creían que con solo vernos nuestros guerreros caerían muertos de miedo.

Los pobrecitos acababan de llegar de Silesia, y no sabían qué género de guerra se hacía en España. Y además, como habían tomado el Torrero con tanta facilidad, se creían capaces de comerse el mundo.

Avanzaban de este modo, como he dicho, y San José no hacía ninguna demostración. Cuando estaban casi a tiro de fusil de las troneras y los

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